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El diagnóstico estaba en la vereda: cuando la medicina no basta

  • barciere
  • 1 feb
  • 2 Min. de lectura

🧠 Como neuróloga, estoy acostumbrada a ver pacientes con epilepsia en el consultorio, habitación silenciosa y blanca. Allí, yo tengo el control.

Pero mi historia de transformación no ocurrió en el hospital. Ocurrió un martes cualquiera, caminando por la calle, con mi bata de médica guardada en la mochila. De repente, el sonido seco de un cuerpo golpeando el pavimento detuvo el tráfico.

Vi a un hombre joven convulsionando en la vereda. Pero lo que más me impactó no fue la crisis en sí, he visto miles, sino lo que pasó alrededor.

Se formó un círculo inmediato. Nadie se acercaba. Vi el terror en los ojos de la gente. Escuché gritos:

"Se está tragando la lengua"

"Sujétenlo fuerte"

"Métanle una cuchara"

Vi como la ignorancia estaba por causarle más daño físico que la propia convulsión. La gente no actuaba por maldad, actuaba desde el pánico absoluto ante lo desconocido.

Me abrí paso entre la gente y me arrodillé. No hice ninguna cirugía, no inyecté nada. Simplemente hice lo que cualquier ser humano informado debería hacer: puse mi mochila bajo su cabeza. Lo giré de lado. Miré mi reloj y esperé.

Mientras protegía su cabeza debía protegerlo de la multitud: "no le metan nada en la boca, por favor. Solo esperen a que pase. Ya va a pasar"

En esos dos minutos eternos, me di cuenta de que yo era la única persona tranquila en esa cuadra. No porque fuera valiente, sino porque sabía que estaba pasando.

Cuando el joven despertó, estaba confundido y avergonzado. Vio el círculo de gente mirándolo como si fuera un bicho raro. Pidió perdón. Me rompió el corazón. ¡¡Pidió perdón por tener una condición médica!!

Ahí entendí todo. Ese hombre no iba a perder oportunidades laborales o sociales porque sus neuronas se dispararan de vez en cuando. Las iba a perder porque la gente que lo rodeaba le tenía miedo. Entendí que mi trabajo en el consultorio recetando no servía de nada si, al salir a la calle, la sociedad lo discriminaba por no saber que hacer.

💡 Ese día decidí que tenía que salir del consultorio. Comprendí que, para evitar la discriminación, tenía que matar el miedo. El miedo se mata con información.

Por eso estoy aquí hoy, no solo para hablar de neuronas, sino de dignidad. Actuar frente a una convulsión es simple y define si somos una sociedad inclusiva o una que excluye:

1- No tengas miedo, la crisis pasará

2- Protege, no sujetes, pon algo blando bajo la cabeza y de lado

3- Nunca pongas nada en la boca, es un mito peligroso

4- Acompaña, cuando despierte, dile que todo está bien.

Aquel hombre en la calle pudo haberse levantado, sacudido el polvo y seguido a su trabajo, si la gente a su alrededor hubiera sabido reaccionar con naturalidad.

La epilepsia no limita las posibilidades de desarrollo de las personas; el perjuicio sí. Hoy los invito a que, si ven alguien caer, no sean el espectador asustado. Sean el que pone la mochila bajo la cabeza. Porque al hacerlo, no solo están protegiendo un cuerpo, están protegiendo el derecho de esa persona a vivir sin estigma.


Posición de seguridad
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